Coplas Manriqueñas

Me llamo Aníbal y soy
un aprendiz de poeta,
muy García.
De madrugada me voy
y deshago la maleta
ya de día.
Escribo porque me araña
la vida cuando se asoma
a mi olvido
y veo cómo me extraña
la memoria que me aroma
lo vivido.

Empiezo yo el contrapunto
con estas coplas quebradas
-amabeas-
mientras compongo barrunto
que blandirán sus espadas
las ideas
de los fieros gladiadores
del verso y la buena prosa,
con buen rollo,
pues no se buscan honores
bastante listo reposa
ya en el hoyo.

Se trata de enriquecer
con palabras puntiagudas
esta orgía
aunque hay que saber morder
el polvo si te desnudas
sin poesía.
Piensa primero por eso
si estás dispuesto a apostar
a este juego,
no puedes salir ileso
si sólo quieres rimar
por tu ego.

Ahora te toca, lanza
el dado de tu agudeza
con sentido
que yo urdiré mi venganza,
responderé con firmeza
al latido.
La pluma habrá que afilar
con mucha literatura,
mucho tacto,
si pretendemos causar,
mientras dure esta locura,
gran impacto.

Minientrada

La Asociación también participa en la Noche en Blanco 

Hola amigos,  La Asociación también participa en la Noche en Blanco. Nuestras actividades se desarrollarán en la Biblioteca a partir de las siete y media. Comenzaremos con una mesa redonda sobre creación literaria, en dos partes. Poesía, con Juanma Gil, Aníbal García y Emilio Picón. Más tarde, sobre las ocho y cuarto tendrá lugar la de narrativa con Bruno Nievas, Fernando Martínez y Antonio Orejudo. Despúes, habrá una representación de perfo-poesía y un recital poética que tendrá un broche de lujo con el Niño de las Cuevas. Animaos y venid a pasarlo bien. La literatura nos espera

VEINTE SEGUNDOS HACIA EL CIELO de Fernando Martínez. Premio Asociación Alcer Almería 2011

Bastó un roce de ojos para enamorarse de ella a sus quince recién cumplidos, la vecina recién llegada al edificio. No supo qué le sedujo primero, si ese cabello alfombrado, si su sonrisa acrisolada o esos ojos aguamarina que invitaban a nadar en ellos, o quizá todo ello a la vez invocando el conjuro que lo hechizó. Cuarto F, el piso de ella, séptimo B, el de él. Esporádicos encuentros en el ascensor, veinte segundos de subida que para él eran como un viaje al cielo. Para ella, no sabía lo que era, sólo un “buenos días” o un “hola”, así durante años, él coaccionado por una timidez despótica, temiendo que su corazón lo delatara golpeando con vehemencia su pecho.
Nunca tuvo novia, ni quiso tenerla si no se trataba de ella, amor platónico que le derretía con blandura de rayos de la luna en las noches melancólicas, celos mortificantes porque ella sí consintió compartir su corazón con otros, y él soñando que algunos de esos otros era él, la sencilla e incomparable felicidad de un paseo por la orilla del mar, las olas lamiendo los tobillos y el primer beso de amor que nunca llegó.
Cumplió los veintisiete, casi una eternidad enamorado de ella, pero ya apenas la veía, independizado del seno familiar: un buen trabajo, una mala vida en soledad. Fue su hermana la enfermera quien se lo dijo, sí, aquella vecinita tan mona, está yendo a sesión de diálisis, ha perdido la sonrisa, ojalá tenga suerte con un donante, y a él le dolió que aquella sonrisa que le deslumbró hubiera desaparecido vencida por el peso de la tristeza. Aquella noche volvió a ser como las de la adolescencia, las horas lánguidas sin que llegara el sueño, cada una de sus neuronas convertidas en portarretratos con la imagen de la única mujer que había amado. Sólo con su hermana compartió el secreto, las pruebas de compatibilidad que se hizo, y la flecha que hizo diana: uno de sus riñones serviría, una llave que encajaba en la cerradura adecuada. Luego, más noches en vela, una decisión que no era fácil, una decisión íntima y profunda, una generosidad tan inabarcable como el propio firmamento. La única condición que puso fue que se preservara su anonimato.
Aquel día que fue a visitar a sus padres se le antojó que había regresado a los quince años. La encontró en el ascensor, como siempre, tan bella, dispuesto a iniciar esa subida a los cielos tanto tiempo postergada. Le reconfortó observar la sonrisa grabada en su memoria, el rostro recuperado y esperanzado de quien ha superado la enfermedad. Lo suyo hubiera sido preguntar “¿cómo te encuentras?”, y sin embargo la timidez atenazándolo como todas las veces anteriores, sólo un “hola” pronunciado como un vahído por donde se esfuman las fuerzas. Planta cuarta, ella se apeó. Quiso decirle algo, quiso decirle “te quiero, siempre te he querido”, la boca, la garganta agarrotadas sin que por ellas brotaran las palabras, la puerta que se cerró. Ella se detuvo cuando buscaba las llaves en su bolso. No había notado la presencia del riñón trasplantado desde que salió del hospital, tan adaptado a su cuerpo como un cactus al desierto. Ahora palpitaba de una forma desconocida, con ritmo acompasado, melódico, un ritmo que enseguida se contagió a su corazón y que le obligó a volver la vista hacia la puerta del ascensor.

UN PUNTO DE MÁS, UNA COMA DE MENOS. Luis Alemany en El Mundo

Un viejo chiste cubano mil veces contado decía que José Lezama Lima puntuaba sus textos en prosa como el que alimenta a las gallinas en un corral: tomaba un montón de comas con las manos, las lanzaba al aire y, allá donde cayeran en el texto, así que quedó ‘Paradiso’.

La broma viene al hilo de la publicación de un número de la revista francesa ‘Hiatus’, dedicada en parte a la “puntuación mínima” (se puede leer en la red algún artículo en inglés incluido en el número), que es otra manera de referirse al eterno dilema que tenemos todos cuando escribimos un texto: en caso de duda, ¿poner una coma más o una coma menos? ¿Pecar por exceso o por defecto?

Cinco respuestas rápidas. Una: “Soy partidario de puntuar menos. De forma natural. Por lo tanto, si dudo, me temo que quizá acabe poniendo la coma o el punto” (Román Piña Valls; filólogo, profesor de griego, escritor, editor del sello Sloper y autor de ‘Archipiélago Gulasch). Dos: “No sabría decir si es mejor pecar por exceso o por defecto, pero puedo asegurar casi seguro de no equivocarme que la tendencia general es incurrir en lo primero. En muchas ocasiones se tiende a puntuar (hablo ahora de comas) según se entona en el lenguaje oral, algo que es un error. Recuerdo una frase que me encanta de Alberto Gómez Font, antes coordinador general de la Fundéu BBVA: ‘Respire pero no coma'” (Álvaro Peláez, filólogo y periodista y miembro de la Fundación del Español Urgente Fundéu BBVA). Tres: “Prefiero puntuar de más. Salvo que con la puntuación se cometa un error (por ejemplo, la coma entre sujeto y predicado)” (Mónica Liberman, responsable de correcciones y estilo en la editorial La Esfera de los Libros del grupo Unidad Editorial). Cuatro: “En caso de duda, navaja de Ockham: la opción más sencilla es siempre la mejor” (Pedro Urteaga; jefe de sección de Cierre en el diario EL MUNDO). Y cinco: “Yo, al contrario de la mayoría: [soy partidario de puntuar] de más” (Víctor de la Serna, subdirector de este periódico y autor de su libro de estilo).

La coma inglesa

O sea: juicio aplazado y vamos mejor a los casos concretos. La primera enumeración de problemas frecuentes la hace Álvaro Peláez: “La coma es uno de los signos que plantean más problemas a la hora de puntuar, pues hay muchos usos y unas cuantas excepciones. Uno de los más estigmatizados puede ser la coma entre el sujeto y el predicado o entre el verbo y el objeto (hay quien la llama la coma criminal). También es muy habitual ver mal puntuadas las enumeraciones: cuando los elementos de la enumeración son largos (el ministro de Educación, Fulanito de Tal; la consejera de Cultura, Menganita Talcual; etcétera) se separan con punto y coma y no con coma. Se tiende también a colocar una coma antes de la conjunción ‘y’ en una enumeración simple, algo que no es correcto en español pero sí en inglés. También es muy común la pérdida por desconocimiento de la coma del vocativo, sobre todo en encabezamientos. lo adecuado es ‘Hola, Luis:’ y no ‘Hola Luis’. Ya que saco los encabezamientos de cartas y correos, un uso curioso es la coma tras el saludo: Querido Luis, blablá… Esto se llama anglicismo ortográfico, pues viene del inglés. En español se escriben dos puntos: ‘Hola, Luis:'”.

Continúa Pedro Urteaga: “Resulta difícil saber si el autor de un texto quiere remarcar un inciso mediante comas o si las utiliza con excesiva profusión. Otro caso de duda se plantea en las construcciones que terminan con una salvedad u otro complemento circunstancial. Por ejemplo: ‘Iré mañana al cine a ver ‘Amor’ [,] a no ser que tenga que recoger a mi nieto’. También resulta dudoso el caso contrario, cuando la condición se encuentra al comienzo de la frase: ‘En caso de necesidad [,] prefiero ser yo el que acuda al rescate’. En las frases adversativas (‘Me gusta mucho pero prefiero no comerlo’) y en la construcción ‘no sólo… sino también’ es cada vez más habitual suprimir la coma. Y el punto y coma, ese gran desconocido, se utiliza mayoritariamente para separar los términos de una enumeración en la que se intercalan cargos u otras precisiones. Yo soy partidario de emplearlo, en lugar de la coma, en oraciones que se complementan o yuxtaponen pero carecen de nexo copulativo o adversativo: ‘He prendido fuego a un billete de 10 libras; debería haberlo usado para volver a casa’. En cuanto a los dos puntos, a mí me gusta limitarlo a un uso explicativo de lo expuesto con anterioridad. ‘Se ha cumplido el sueño de Borges: en cualquier lugar del mundo hay una biblioteca'”.

Misterios del punto y seguido

Y una más, por favor: “Por lo que leo, la gente no sabe usar con naturalidad los dos puntos, y aún menos el punto y coma. Deduzco que no sabe porque veo que no los usa. Se limita a las comas, y claro, se equivocan en el uso de los pocos signos que usan. Hablo de los que dominan mínimamente la escritura. En los jóvenes el verdadero problema es el punto y seguido. ¡La gran conquista!”, añade Román Piña Valls.

Más allá quedan las ligerezas de los chicos jóvenes, las prisas de los usuarios de las redes sociales y los entusiasmos de los amantes enfáticos: “Los puntos suspensivos son tres y solamente tres, aunque se suelan ver dos, cuatro, cinco… En español hay signos dobles (paréntesis, comillas, signos de interrogación y exclamación…). Ya que son dobles, no nos olvidemos de abrirlos y cerrarlos”, recuerda Peláez. Del entusiasmo por las triples y cuádruples exclamaciones hablaremos otro día.

Última pregunta: ¿es el español un idioma de puntuación puñetera en comparación con otros? “Visto cómo puntúa la mayoría de la gente, sí. Dificilísimo”, contesta Víctor de la Serna. “Es un idioma muy rico pues permite una variedad de matices que no existen en otros. La presencia de una coma puede estar llena de sentido (si el autor hila fino) al aportar precisión, intensidad, ritmo… Lo que me parece difícil es llegar a dominar el idioma hasta el extremo de utilizar con propiedad todos sus recursos”, añade Urteaga. “No soy especialista en otros idiomas, pero no me aventuraría a decir que esta dificultad es propia del español ni mucho menos. Creo que cada lengua tiene sus peculiaridades en cuanto a la puntuación. El español es difícil de puntuar, pero como supongo que lo serán otros muchos. La cuestión es que hay reglas generales, pero terminas descubriendo casi más excepciones”.

PRESENTACIÓN EN LA BIBLIOTECA

Imagen 068Imagen 005 Por fin el sueño cumplido. La Asociación se ha presentado en sociedad en una fecha tan importante como la del día del Libro. No habéis faltado nadie (aunque hemos echado en falta a Manuel López su ausencia estaba justificada por un viaje de trabajo) y la sala de exposciones de la Biblioteca ha presentado un llenazo rotundo. Sólo resta arrancar y ponerse a trabajar, pensar en los retos que nos hemos propuesto y llevarlos a cabo.
Gracias a los que habéis estado y a los que ya os habéis interesado en la Asociación. Nos llena de orgullo poder contar con vosotros.

UNA NOCHE DE ESPANTO, Anton Chejov

Palideciendo, Iván Ivanovitch Panihidin empezó la historia con emoción:
-Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883, regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido…

“¡Declina tu existencia!… ¡Arrepiéntete!”, había dicho el espíritu de Spinoza, que habíamos consultado.

Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: “Esta noche”.

No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan profundamente.

No se puede prescindir ni retrasar la muerte; pero, a pesar de todo, es una idea que nuestra naturaleza repele.

Entonces, al encontrarme en medio de las tinieblas, mientras la lluvia caía sin cesar y el viento aullaba lastimeramente, cuando en el contorno no se veía un ser vivo, no se oía una voz humana, mi alma estaba dominada por un terror incomprensible. Yo, hombre sin supersticiones, corría a toda prisa temiendo mirar hacia atrás. Tenía miedo de que al volver la cara, la muerte se me apareciera bajo la forma de un fantasma.

Panihidin suspiró y, bebiendo un trago de agua, continuó:

-Aquel miedo infundado, pero irreprimible, no me abandonaba. Subí los cuatro pisos de mi casa y abrí la puerta de mi cuarto. Mi modesta habitación estaba oscura. El viento gemía en la chimenea; como si se quejara por quedarse fuera.

Si he de creer en las palabras de Spinoza, la muerte vendrá esta noche acompañada de este gemido…¡brr!… ¡Qué horror!… Encendí un fósforo. El viento aumentó, convirtiéndose el gemido en aullido furioso; los postigos retemblaban como si alguien los golpease.

“Desgraciados los que carecen de un hogar en una noche como ésta”, pensé.

No pude proseguir mis pensamientos. A la llama amarilla del fósforo que alumbraba el cuarto, un espectáculo inverosímil y horroroso se presentó ante mí…

Fue lástima que una ráfaga de viento no alcanzara a mi fósforo; así me hubiera evitado ver lo que me erizó los cabellos… Grité, di un paso hacia la puerta y, loco de terror, de espanto y de desesperación, cerré los ojos.

En medio del cuarto había un ataúd.

Aunque el fósforo ardió poco tiempo, el aspecto del ataúd quedó grabado en mí. Era de brocado rosa, con cruz de galón dorado sobre la tapa. El brocado, las asas y los pies de bronce indicaban que el difunto había sido rico; a juzgar por el tamaño y el color del ataúd, el muerto debía ser una joven de alta estatura.

Sin razonar ni detenerme, salí como loco y me eché escaleras abajo. En el pasillo y en la escalera todo era oscuridad; los pies se me enredaban en el abrigo. No comprendo cómo no me caí y me rompí los huesos. En la calle, me apoyé en un farol e intenté tranquilizarme. Mi corazón latía; la garganta estaba seca. No me hubiera asombrado encontrar en mi cuarto un ladrón, un perro rabioso, un incendio… No me hubiera asombrado que el techo se hubiese hundido, que el piso se hubiese desplomado… Todo esto es natural y concebible. Pero, ¿cómo fue a parar a mi cuarto un ataúd? Un ataúd caro, destinado evidentemente a una joven rica. ¿Cómo había ido a parar a la pobre morada de un empleado insignificante? ¿Estará vacío o habrá dentro un cadáver? ¿Y quién será la desgraciada que me hizo tan terrible visita? ¡Misterio!

O es un milagro, o un crimen.

Perdía la cabeza en conjeturas. En mi ausencia, la puerta estaba siempre cerrada, y el lugar donde escondía la llave sólo lo sabían mis mejores amigos; pero ellos no iban a meter un ataúd en mi cuarto. Se podía presumir que el fabricante lo llevase allí por equivocación; pero, en tal caso, no se hubiera ido sin cobrar el importe, o por lo menos un anticipo.

Los espíritus me han profetizado la muerte. ¿Me habrán proporcionado acaso el ataúd?

No creía, y sigo no creyendo, en el espiritismo; pero semejante coincidencia era capaz de desconcertar a cualquiera.

Es imposible. Soy un miedoso, un chiquillo. Habrá sido una alucinación. Al volver a casa, estaba tan sugestionado que creí ver lo que no existía. ¡Claro! ¿Qué otra cosa puede ser?

La lluvia me empapaba; el viento me sacudía el gorro y me arremolinaba el abrigo. Estaba chorreando… Sentía frío… No podía quedarme allí. Pero ¿adónde ir? ¿Volver a casa y encontrarme otra vez frente al ataúd? No podía ni pensarlo; me hubiera vuelto loco al ver otra vez aquel ataúd, que probablemente contenía un cadáver. Decidí ir a pasar la noche a casa de un amigo.

Panihidin, secándose la frente bañada de sudor frío, suspiró y siguió el relato:

-Mi amigo no estaba en casa. Después de llamar varias veces, me convencí de que estaba ausente. Busqué la llave detrás de la viga, abrí la puerta y entré. Me apresuré a quitarme el abrigo mojado, lo arrojé al suelo y me dejé caer desplomado en el sofá. Las tinieblas eran completas; el viento rugía más fuertemente; en la torre del Kremlin sonó el toque de las dos. Saqué los fósforos y encendí uno. Pero la luz no me tranquilizó. Al contrario: lo que vi me llenó de horror. Vacilé un momento y huí como loco de aquel lugar… En la habitación de mi amigo vi un ataúd… ¡De doble tamaño que el otro!

El color marrón le proporcionaba un aspecto más lúgubre… ¿Por qué se encontraba allí? No cabía duda: era una alucinación… Era imposible que en todas las habitaciones hubiese ataúdes. Evidentemente, adonde quiera que fuese, por todas partes llevaría conmigo la terrible visión de la última morada.

Por lo visto, sufría una enfermedad nerviosa, a causa de la sesión espiritista y de las palabras de Spinoza.

“Me vuelvo loco”, pensaba, aturdido, sujetándome la cabeza. “¡Dios mío! ¿Cómo remediarlo?”

Sentía vértigos… Las piernas se me doblaban; llovía a cántaros; estaba calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo. Imposible volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una alucinación. Y, sin embargo, el terror me aprisionaba, tenía la cara inundada de sudor frío, los pelos de punta…

Me volvía loco y me arriesgaba a pillar una pulmonía. Por suerte, recordé que, en la misma calle, vivía un médico conocido mío, que precisamente había asistido también a la sesión espiritista. Me dirigí a su casa; entonces aún era soltero y habitaba en el quinto piso de una casa grande.

Mis nervios hubieron de soportar todavía otra sacudida… Al subir la escalera oí un ruido atroz; alguien bajaba corriendo, cerrando violentamente las puertas y gritando con todas sus fuerzas: “¡Socorro, socorro! ¡Portero!”

Momentos después veía aparecer una figura oscura que bajaba casi rodando las escaleras.

-¡Pagostof! -exclamé, al reconocer a mi amigo el médico-. ¿Es usted? ¿Qué le ocurre?

Pagastof, parándose, me agarró la mano convulsivamente; estaba lívido, respiraba con dificultad, le temblaba el cuerpo, los ojos se le extraviaban, desmesuradamente abiertos…

-¿Es usted, Panihidin? -me preguntó con voz ronca-. ¿Es verdaderamente usted? Está usted pálido como un muerto… ¡Dios mío! ¿No es una alucinación? ¡Me da usted miedo!…

-Pero, ¿qué le pasa? ¿Qué ocurre? -pregunté lívido.

-¡Amigo mío! ¡Gracias a Dios que es usted realmente! ¡Qué contento estoy de verle! La maldita sesión espiritista me ha trastornado los nervios. Imagínese usted qué se me ha aparecido en mi cuarto al volver. ¡Un ataúd!

No lo pude creer, y le pedí que lo repitiera.

-¡Un ataúd, un ataúd de veras! -dijo el médico cayendo extenuado en la escalera-. No soy cobarde; pero el diablo mismo se asustaría encontrándose un ataúd en su cuarto, después de una sesión espiritista…

Entonces, balbuceando y tartamudeando, conté al médico los ataúdes que había visto yo también. Por unos momentos nos quedamos mudos, mirándonos fijamente. Después para convencernos de que todo aquello no era un sueño, empezamos a pellizcarnos.

-Nos duelen los pellizcos a los dos -dijo finalmente el médico-; lo cual quiere decir que no soñamos y que los ataúdes, el mío y los de usted, no son fenómenos ópticos, sino que existen realmente. ¿Qué vamos a hacer?

Pasamos una hora entre conjeturas y suposiciones; estábamos helados, y, por fin, resolvimos dominar el terror y entrar en el cuarto del médico. Prevenimos al portero, que subió con nosotros. Al entrar, encendimos una vela y vimos un ataúd de brocado blanco con flores y borlas doradas. El portero se persignó devotamente.

-Vamos ahora a averiguar -dijo el médico temblando- si el ataúd está vacío u ocupado.

Después de mucho vacilar, el médico se acercó y, rechinando los dientes de miedo, levantó la tapa. Echamos una mirada y vimos que… el ataúd estaba vacío. No había cadáver; pero sí una carta que decía:

“Querido amigo: sabrás que el negocio de mi suegro va de capa caída; tiene muchas deudas. Uno de estos días vendrán a embargarlo, y esto nos arruinará y deshonrará. Hemos decidido esconder lo de más valor, y como la fortuna de mi suegro consiste en ataúdes (es el de más fama en nuestro pueblo), procuramos poner a salvo los mejores. Confío en que tú, como buen amigo, me ayudarás a defender la honra y fortuna, y por ello te envío un ataúd, rogándote que lo guardes hasta que pase el peligro. Necesitamos la ayuda de amigos y conocidos. No me niegues este favor. El ataúd sólo quedará en tu casa una semana. A todos los que se consideran amigos míos les he mandado muebles como éste, contando con su nobleza y generosidad. Tu amigo, Tchelustin”.

Después de aquella noche, tuve que ponerme a tratamiento de mis nervios durante tres semanas. Nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, salvó fortuna y honra. Ahora tiene un funeraria y vende panteones; pero su negocio no prospera, y por las noches, al volver a casa, temo encontrarme junto a mi cama un catafalco o un panteón.

PRESENTACIÓN DE LA ASOCIACIÓN EN SOCIEDAD

El próximo día 23 de abril, aprovechando la celebración del día del libro, se presenta oficialmente la Asociación de Amigos de la Biblioteca Villaespesa a las 19.00 en la Sala de proyecciones de la Biblioteca. Esta asociación que nace con vocación universal, tiene sus bases en la promoción de la lectura y la literatura e intentará complementar, dentro de su modesto alcance, las actividades organizadas a favor de la difusión de la lectura por la Biblioteca Villaespesa. Pretende aglutinar, y serán bienvenidos, los flujos literarios provenientes de parte de la sociedad almeriense, incluso de la Universidad o de los Institutos almerienses, los autores noveles y los consagrados e intentar difundir sus creaciones al resto de la sociedad. Además la asociación, como actividad prioritaria, intentará acercar la lectura a sectores que puedan tener alguna dificultad para acceder a ella, mediante la creación de un Voluntariado Lector, cuya misión fundamental será la de promover encuentros literarios en asociaciones particulares o centros públicos. Además de estas acciones, la Asociación organizará durante el año talleres literarios, recitales poéticos y narrativos y la convocatoria de un concurso literario que pretende permanecer en el tiempo. Como apoyo para las actividades de la asociación, se ha elaborado una página web que comenzará su andadura el mismo día 23 de abril (https://amigosdelavillaespesa.wordpress.com/) y un correo electrónico (amigosdelavillaespesa@yahoo.es). Además, la asociación dispone de una cuenta (en Cajamar 3058/0094/83/2720029274) para los que tengan el deseo de asociarse por una cuota anual de doce euros (12).

CEES NOOTEBOOM, “CARTAS A POSEIDÓN”

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En un relato titulado Poseidón Kafka perfila al dios como un viejo agotado. Organiza los recursos del mar para que todo funcione como es debido desde el fondo. Ahí habita, casi uncido a sus quehaceres logísticos, y apenas tiene una perspectiva clara de la majestad y potencia del hábitat que domina. Cees Nooteboom (La Haya, 1933) desconocía este cuento. Pero cuando lo leyó por primera vez le dio por situarse en la posición de la exhausta divinidad y mirar hacia arriba. Y se dio cuenta de que un día Poseidón tuvo que ver las plantas de los pies de Jesucristo avanzar sobre la superficie acuática. Es una imagen que sobrecoge, por su belleza y por su carga simbólica.

Nooteboom se preguntaba si el dios griego sentiría envidia del hijo del dios cristiano. En cierto modo su llegada a este mundo suponía ser relegado en el universo de los hombres. Y decidió preguntárselo. Por carta. Pero no era la única cuestión que tenía para Poseidón. El autor holandés guardaba muchas más, desde hacía tiempo. “En realidad es un personaje que me fascina desde que leí la Ilíada en el instituto”, explica a El Cultural. Está en su habitación de un hotel de Bogotá, a donde ha llegado para presentar en la feria del libro de la ciudad colombiana alguno de sus libros que se acaban de publicar allí. Uno de ellos es precisamente el que da pie a esta entrevista, Cartas a Poseidón (Siruela), formado por todas la cartas en las que plantea una amplia diversidad de cuestiones al dueño y señor de los mares.

“En cierto modo, me ha salido un texto teológico”, precisa. “Me cuesta mucho intentar explicarlo así, por teléfono, es un libro sui generis, algo extraño”. La verdad es que resulta complejo de clasificar. Lo componen decenas de misivas en las que Nooteboom no sólo le pregunta cuestiones teológicas (sobre la inmortalidad, sobre lo que le inspiran los seres humanos, sobre los celos respecto a otros dioses…). También le narra impresiones, sucesos, curiosidades… “Pensaba que Poseidón tenía necesidad de saber más de lo que pasa aquí”. En realidad, Nooteboom se convierte en una especie de enviado especial de Poseidón en este mundo, obligado a darle cuenta de su laberíntico devenir.

El autor de Hotel nómada, que acaba de publicar en España también Autorretrato de otro (Calambur), en colaboración con el pintor alemán Max Neumann, recuerda que la bombilla para escribir este libro se le encendió por casualidad. “Cada vez le presto más atención y marcan mis pasos señales aparentemente azarosas”. Estaba en un café de Munich, en la Marienplatz, dispuesto a emprender la lectura de Las cuatro estaciones , de Sandor Marai, que acababa comprar. El camarero le entregó una servilleta y ahí leyó: “Café Poseidón”. Y aparecía una ilustración clásica del dios, con su tridente y sus barbas. “Acababa de terminar Los zorros vienen de noche y me sentía vacío, como cada vez que termino un libro. Yo no suelo saber qué voy a escribir después. Y me dije: ‘Pues ahora es el momento'”.

Nooteboom, un clásico en las quinielas del Nobel cada año, siente una querencia profunda por el mar, que no ha hecho sino agravarse durante las cuatro décadas que lleva asomándose al Mediterráneo desde la isla de Menorca, donde pasa varios meses al año (por lo general, el periodo estival). Es otra de las razones de su interés por los designios de Poseidón. Entonces fue cuando se puso a pergeñar esas abigarradas narraciones que contienen las cartas, que ha escrito a lo largo de cuatro años. Es curioso que a lo largo del libro Nooteboom no le pide nada Poseidón. El cumplimento de ningún deseo, que es lo típico que los hombres imploran a los dioses. “Bueno, la verdad es que siempre le pido una cosa todos los años. Antes de irme de Menorca, cuando ya está llegando el otoño, me lanzo de una roca al agua y le solicito el favor de que me deje volver un año más. De momento no me ha fallado”.

Es allí donde le gusta esconderse de los trajines cotidianos. Donde se vuelve provisionalmente un hombre sedentario. Algo insólito en un trotamundos infatigable como él. No para. A Suramérica acaba de llegar después de recorrer durante cinco meses los templos de Kioto junto a su mujer, con la que ha urdido un volumen en el que documenta los itinerarios de peregrinación budista del país nipón. De Bogotá se trasladará a la feria del libro de Buenos Aires, en un par de semanas. Luego tocan conferencias en Montevideo y Santiago (en esta ciudad junto a Alejandro Zambra). Y por último, atravesará el desierto de Atacama. Luego pretende recalar en Menorca: “Y no ser molestado por nadie”.

Tanto trasiego es consustancial a su literatura. Y Cartas a Poseidón no es una excepción . A su manera, es también un libro de viajes, que compila retazos de los rincones del planeta más dispares. Material de primera mano para mantener bien informado al dios heleno, que, confiesa Nooteboom, todavía no ha acusado recibo. “Ya veremos, con los dioses nunca se sabe”.

LA CULPA LA TIENE MURAKAMI

Murakami tiene la culpa de casi todo en mi vida, al menos la reciente. De volver a correr y leer con intensidad, de disfrutar la intensidad, de creer en mis posibilidades, de cuidar los detalles, de reorganizar mis tiempos de escritura. Bueno, a lo mejor es un poco exagerado porque esto es un diario, pero hay mucha parte de verdad en ello. Mi mujer lo sabe. A veces me encuentra refunfuñando y me pregunta la causa. Yo le contesto sin pestañear. La culpa es de Murakami. Ese tío se ha metido en mi vida como quien no quiere la cosa. Se ha convertido en una vara de medir. Ella me recuerda ciertos detalles que debería de tener en cuenta como que no tiene hijos, que su tiempo lo dedica íntegramente a escribir, que lleva un buen acervo en la mochila de experiencias y años de escritura y que yo soy más atractivo. Esto me lo dice con una sonrisa en los labios y con las manos alrededor de la cintura, como cierre de campaña, para bajarme los malos humos, el amago de cabreo.
En realidad, sin lugar a dudas, le tengo un poco de envidia que no tiene todavía agregado un adjetivo claro. Sobre todo a su instinto de escritor. Es llamativa la seguridad en el estilo, tan magnético. Su tosquedad narrativa no oculta el baile poético de los sentimientos y pensamientos íntimos que profesan cada uno de sus personajes, los cuales destilan una simplicidad tan cruel y cotidiana que consiguen destacar del resto de la humanidad y sobrepasar la inquietud del lector.
Febrero ha traspasado el meridiano. Es día impar, diecisiete, y el fin de semana que esta noche muere lo he dedicado a preparar algunos relatos para premios narrativos. En algunos presiento la lucha con mi amigo Fernando y esta contienda me motiva aunque en el fondo mi prosa no tenga nada que hacer contra la suya. En breve refrendaré este pensamiento. No soy humilde ni me gusta perder, sólo soy realista.